Por: María
Elcina Valencia Córdoba, Ph.D en artes.
El mundo tiene una deuda
histórica con los afrodescendientes de América. Aunque desde los descubrimientos
de la Eva mitocondrial se reconoce a África como cuna de la humanidad y a
partir de allí todos seríamos afro descendientes, quiero utilizar este término
para hablar de aquellas(os) que fueron arrancadas del sustrato génesis (Africa,
la madre patria) y conducidos a América, un mundo desconocido para ellos y
esclavizados en esa travesía trasatlántica que causó millares de muertes, deshumanización,
humillaciones y después de una supuesta libertad a cuenta gotas fueron dejados
a su suerte, sometiéndolos a una competencia desigual, enfrentados con quienes
antes eras sus verdugos esclavistas.
Varias naciones participaron
de este negocio cruel y sangriento. Hoy producto de la bonanza resultante de
las riquezas extraídas de tierras enajenadas, saqueadas por la codicia y a
costa de las vidas de quienes se resistieron y murieron por la defensa de su
territorio, siguen siendo los jefes de los hijos de los esclavizados porque
tomaron ventaja haciéndose grandes y poderosos con todas las garantías para el
progreso que hoy ostentan; otros aunque no participaron directamente, se
beneficiaron con el comercio, los grandes dividendos y la prosperidad de los
protagonistas que saquearon las Américas pulverizando las culturas aborígenes
para después enfilarse como verdugos hacia tierras africanas, deshumanizando
pueblos y naciones enteras que tenían otros modos de ver el mundo.
Muchos fueron testigos de
este magnicidio, pero se quedaron mirando para otro lado por su conveniencia;
tampoco se pronunciaron en contra; solo se acostumbraron a ver la esclavitud
como un sistema económico normal, donde hay vendedores y compradores,
productores y consumidores, un sistema que deja grandes dividendos para los
sectores poderosos de las cadenas productivas y condena a los demás a vivir en
la miseria; por eso son también culpables, porque callaron cuando debieron
hablar para rechazar y denunciar lo inhumano de lo humano que se cernía sobre
las aguas del mundo.
Por los mismo la nación
Colombiana tiene una deuda histórica con las comunidades Negras de su
territorio, quienes después de haber quedado en libertad tras el sofisma de la promulgación de la ley 21 en 1851, pero que
solo empieza a regir en enero de 1852 de manera gradual, no han logrado
condiciones de vida dignas, por no tener las garantías que se le dio a los
esclavistas, a quienes se hicieron llamar amos; a quienes se adueñaron de las
minas y haciendas. Ellos fueron indemnizados por cada persona esclavizada que
quedaba en libertad; sin embargo a las mujeres y hombres negros “libertos” se
les despidió sin nada, cambiando el modo de esclavitud que yo llamo: Esclavitud
remunerada.
Este cambio de sistema se
produjo, no porque fueran generosos los dueños del comercio mundial de la
época, sino porque el sistema ya no era rentable económicamente; de modo con
esa pequeña retribución económica los “libertos” podrían contribuir con los
negocios de sus antiguos esclavistas quien ya no tendría que proporcionarles
vivienda y manutención, sino que con lo poco que ganaban deberían costearse sus
gastos y los de su familia, lo que volvía a las arcas de los esclavistas porque
eran los dueños de los aserríos, minas y tiendas y haciendas.
Más tarde hasta las tierras
de los caminos inhóspitos que fueron conquistando y cultivando para renacer de
las cenizas, fueron consideradas como baldías por los gobiernos nacionales,
enfrentándose a un nuevo proceso de lucha para su defensa del mismo estado, de
los terratenientes y de grupos al margen de la ley.
Colombia, América y el mundo
están en deuda porque no ha generado las condiciones para que puedan vivir de
manera digna con acceso a la educación pertinente y de calidad, salud y un
empleo bien remunerado de acuerdo con la constitución familiar o garantías
empresariales para que puedan producir, transformar y comercializar el producto
de sus cosechas; garantías para cultivar la tierra, extraer los minerales con
un criterio de sostenibilidad para asegura la pervivencia cultural a la vez que
aprovecha para su utilización y la de otros pueblos pero con ganancias
significativas que aseguren el buen vivir en igualdad de condiciones como los y
las demás grupos sociales del mundo.
Es una deuda que corre por
las venas de América. Esta deuda debe pagarse con intereses moratorios porque
no hay ni siquiera voluntad de pago; el estado debe revertirlo en programas
sociales y culturales a las comunidades negras de este país, que los ponga a
vivir en equidad de derechos en distribución equitativa; debe haber una
discriminación positiva hacia los afro descendientes, devolviéndoles lo que se
ha quitado y negado, y entregándoles en perspectiva de derechos y en mayor
proporción de lo que le correspondería en términos normales en comparación con
otros que han tenido lo suficiente y hasta en demasía.
Es hora de implementar
medidas de reparación que permita sanar en lo material y lo espiritual para el
buen vivir del pueblo afroamericano.
24-2-13